lunes, 14 de septiembre de 2026
Son las 5 menos 5
Hace 25 años escribía, o eso pretendía. Con 10/11 años, escribía casi a diario. Escribía poesía y también escribía un diario y me carteaba; no había celulares y el teléfono de línea no guardaba los recuerdos que guarda una hoja de papel. Había leído a Cortázar y se dio lo que indudablemente se tenía que dar: el impulso necesario para seguir escribiendo poesía y explorar los cuentos cortos; y así lo elegí porque así sentía que tenía que ser, porque la inmediatez era lo que me movía; había tanto vacío y por momentos tanta plenitud que me gustaba que mi obra fuera igual de inmediata que lo que necesitaba. Inmediata, como un abrazo o como un apretón de mano de alguien que te quiere de verdad. No necesitaba construir una historia de mil palabras para abrazar con mis sentimientos. No me importaba si alguien la leía, tenía (y tengo) tanto adentro que solo me necesitaba explayar. De hecho, diría que el 90 por ciento de lo que escribí solo una persona lo leyó, con el respeto y tolerancia que necesitaba. El otro 10 por ciento sigue guardado en un cajón o en algún .txt que no sé en dónde quedó, incluso creo que algo de ese 10 por ciento se perdió. Hasta a mí me costaba leerme, no porque no me gustase, sino porque por ciertas cuestiones de la vida me impuse barreras sobre toda forma de expresión que naciera de mí misma desde que tengo uso de razón, todo lo que salía de mí siempre me acomplejó, me incomodó o me avergonzó. Mi círculo de confianza era sumamente pequeño.
Tenía tanto para expresar, pero mucho más miedo del resultado.
Hace ya mucho tiempo también dejé de escribir. Habré escrito durante 10 años, escribía porque siempre amé, porque siempre quise y porque también necesitaba que me quieran, con palabras y abrazos que no podía encontrar. Al menos escribiendo me desahogaba, era mi manera de expresar lo que ya no podía aguantar dentro porque siempre quise todo con profundidad, con la profundidad genuina y absoluta de querer o amar, sin más.
Por alguna razón, la vida me hizo creer que tenía que dejar de escribir; si yo escribía porque escribiendo tenía lo que la realidad no me daba, entendía que tenía que convertirme en alguien que daba y empezar a concentrarme más en demostrar, tenía que plasmar lo que sentía en acciones, pero para mí era plasmar en frases de un solo uso, en frases y acciones que, dependiendo del receptor, muchas veces eran desechadas; y eventualmente, con eso también me perdí a mí o a una parte de mí; porque en mi vida siempre me costaron los grises, o era de una manera o era de la otra.
Curiosamente, en la última etapa de mi vida de "escritora" tenía un blog que así se llamaba: Una parte de mí. Canchereé y tomé ese nombre como un guiño a Charly, total, él le reversionó todo el tema a Todd Rundgren, así que me sentí con la libertad de tomar esa referencia. A los 18/19 prácticamente no escribía, al menos poesía y cuentos cortos, y cartearse ya no valía mucho la pena; muchos vínculos se perdieron y los nuevos no entendían esa dinámica. Dejé de escribir mis sentimientos, mis poesías, pues entendí que en ese momento empezaba una nueva vida y mi momento de demostrar con acciones, con planes, con sueños e ideas intangibles todo lo que con el tiempo iba a materializar. Pasaron casi 16 años desde la última vez que escribí. No sé si al final demostré bien o mal lo que sentía o si no demostré nada. Si las demostraciones que hice se amoldaban a ser mi tipo de demostraciones o si tal vez necesitaba escribir más y, ahora, a diferencia de antes, entregar. No solo me perdí a mí, perdí casi todo en el camino. La vida me dio muchos golpes, pero siempre mantuve la motivación desde lo que sentía, hice todo con el mismo sentimiento porque siempre todo lo quise con profundidad, con la profundidad genuina y absoluta de amar.
Tengo tanto para expresar, pero mucho más miedo del resultado.
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